Seguíamos haciendo instrucción, pero poca, Limpiábamos "a modo" el acuartelamiento. Pero a pesar de todo, los ratones siempre andaban merodeando. Teníamos una hermosa huerta, donde se cultivaban hermosos y maravillosos melones y sandias. Abundantes pimientos y grandes tomates. Y todo ello, a nuestra disposición, si conseguíamos ser lo suficiente silenciosos, y de esta manera soslayar la vigilancia del centinela, que además del "Cetme" disponía de un potente foco, estilo campo de concentración alemán.

Si puedo decir que lo mucho que me habían hecho adelgazar durante el periodo de instrucción, fue recuperado con creces, en muy poco tiempo.

La alacena, (la nuestra) estaba situada en el lavadero, que era donde se lavaba toda la ropa del cuartel. El encargado de los suministros de agua, era un coleguita, naturalmente, fontanero, que tenia un permiso especial, y podía saltar las vallas de los dos cuarteles. ( Al otro lado de la valla estaba el "Regimiento de Caballería, de la orden de Santiago" ) dado que si hubiera tenido que pasar por las puertas usuales alguna inundación hubiera podido acontecer, o alguna casa de oficiales, se hubiese quedado sin agua. El, controlaba todo esto. por lo tanto podía saltar las vallas, por razones de celeridad de movimientos.

Y, usurpando su personalidad, muchas de las veces, nos pirabamos por allí hasta la estación, tratando de eludir a la "PM" y de esta manera, cenar en casa, y salir pitando otra vez para el cuartel. Aun me acuerdo de lo del esguince.

Tratando de largarnos antes de la hora de paseo (las 18.00), pues a la hora de la siesta, saltamos por la valla. Y yo lo hice con tan mala suerte, que pille una piedra debajo del pie, se me torció la pierna, y de momento nada mas que un dolor lacerante, que como pude fui soportando, pero que ya en casa, se hubo de llamar al medico, y me confirmo que lo mío era un esguince. Volví corno pude al cuartel, los colegas, que me llevaban casi a cuestas, dijeron que había tomado de mas. Y al día siguiente me fui como pude a enfermería. Allí me diagnosticaron nuevamente el esguince, y me mandaron al hospital militar de Alcalá.

El comandante médico, corroboro todos los diagnósticos anteriores, me planto una venda para inmovilizarme, y veinte días de reposo absoluto. Durante esos días, entablé conocimiento con otro de los pacientes, que no se por que razones, tenia mucho ascendiente con el comandante.

El caso es que sin saberlo, nos vimos haciendo en cemento un Cristo crucificado, en la sala de disecciones del Hospital, que ocupaba toda la pared. Lo cierto es que quedó muy bien, pero nunca supe la opinión del comandante ni si llegó al verlo. Lo que si es verdad , es que me ayudo mucho a superar el aburrimiento. Y corno broche final, se acababan los veinte días, decidimos irnos a las fiestas de Guadalajara. Cogimos nuestro tren, (Éramos cinco) y por allí estuvimos deambulando hasta las 12.00. Naturalmente no ligarnos nada. (El uniforme era como repelente)

Cuando volvimos a la estación con la idea de retornar a destino, ¡Plaf! El primer tren era a las siete de la mañana, y a esa hora, teníamos que estar pasando lista en el hospital.

A alguien se le ocurrió decir que "con pan y vino se anda bien el camino" y aquí nos tienes puestos en carretera, con una libreta de pan y dos litros de vino, pasito a pasito.